Es difícil tener un equilibrio y un patrón de política si la inseguridad es moneda corriente, si la educación deambula muda, golpeada y se cae a pedazos en las aulas desoladas y despintadas. Las dos columnas dónde se apoya el estandarte mayor de cualquier orden y progreso, tambalea en un Tucumán que prefiere en gran parte de su dirigencia observa, y sin reacción, hace un silencio más grande que el de un hospital.


Para colmo de males, la salud, según el Presidente Alberto Fernández, “relajada”, hace malabares con dos piolines, repara todo con alambres y derrapa por la banquina de los desbordes, sin ser jamás debidamente valorada y asistida. En contrapartida, los amigos del plan, el ñoquismo y el pasar por el cajero, siguen haciendo de la suyas y le dan vía libre. Todo en un mundo donde el tuerto es rey y los ”ciegos” aparte de no querer ver, se ven imposibilitados de hablar por qué tienen un alto precio y a veces se venden por dos monedas.


Un Tucumán invertebrado. Roto como sus calles y políticamente sin credibilidad para el que trabaja más allá de los colores políticos, quiebra sus ramas dónde florece los pocos brotes de esperanza y se vuelve ateo de sus dirigentes, muchas veces, equivocadamente, metiéndolos en la misma bolsa.


Con una pandemia que va mutando discursos, que no resiste un archivo en algunos charlatanes de ocasión, nos deja desnudos en un cambalache dónde el que llora no mama y el que no afana es un gil.


Por Patricio Guzmán

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