La muerte del arquitecto Sergio “Checho” Juárez en manos de un delincuente que intentó robar a una ciclista y terminó sacando su arma para vengarse, nos enseña justamente que en la titulación periodística no es valido colocar la palabra “murió” cuando la persona fue asesinada. Es una forma correcta de estar a la altura del lector, oyente o televidente, diferenciar un suceso desde el respeto también. El “Morir” nunca será igual al ser asesinado. No entra en contexto normal de una sociedad justa que un asesinato no sea llamado como tal.


Con la cuidad de Concepción como punto referencial, se ubica una zona liberada dónde hay un camino oscuro, donde una cadena de irresponsables termina por hacerle fácil la vida al que delinque. Desde (parte) de una policía poco preparada humana, profesional y logísticamente, hasta una justicia que no mide con altura las condenas de los que eligen delinquir, se traza una línea muy fina de complicidades. Una línea de culpables, que lejos de hacer justicia, se abrazan a los argumentos paupérrimos, nefastos, alocados y llenos de vulgaridad que terminan por causar indignación en los ciudadanos que esperan más de sus acciones. En la libertad temprana, en la absolución y en penas breves, reside la “solución” de los que dicen impartir justicia.


Desde un servidor público uniformado que termina siendo preso de la falta de política de seguridad en Tucumán, hasta un juez o fiscal que le abre la puerta a la libertad al que viola, mata o roba, la culpabilidad muchas veces se disfraza de “derechos” para el que elige el mal camino y no para el damnificado. Vivir así es imposible. Convivir imposible. Subsistir, menos y mucho menos salir a realizar simples cosas como caminar o andar en bicicleta.


Libertad de acción, penales con libre acceso a la drogas, un sistema estructural carcelario obsoleto que lo termina beneficiando al delincuente y le va dando tiempo para pensar qué otra acción fuera de la ley realizar, es lo que le sobra desde su tiempo y espacio. Sentencias dibujadas, cobardía judicial e inescrupuloso sedentarismo de lento tránsito hacia lo justo, es donde hoy se recuestan los que imparten justicia a dormir la siesta. Sin ningún tipo de precedente que marque igualdad y mida efectos, causas y consecuencias, es lo que tiene a la justicia presa de sus propios desperdicios. De sus propias fallas y lo peor, de lo que vulgarmente argumenta.


Juárez es uno más de una larga lista de perjudicados. Su proyección de vida social, lo que le brindaba a su familia, a la comunidad y por sobre todo a sí mismo, debe ser puesto en la balanza a la hora de dictar sentencia a su verdugo. Y con todo el peso de la ley, quitarle toda posibilidad de volver a delinquir al que elije ese camino. Solo con condenas ejemplares que modifiquen de inmediato el pésimo tablero de penas según los sucesos, es que se puede sentar un precedente que le marque al futuro malviviente lo que le espera si toma el sendero de lo ilegal. Es inadmisible que en Argentina con tanta cantidad de mortandad por asesinatos a sangre fría, no haya cadena perpetuas directamente.


Hoy con las cárceles como caldo de cultivo de futuras repeticiones delincuenciales, es casi imposible que un recluso salga en libertad y deje atrás sus fechorías. Al contrario. Allí dentro va alimentado su odio. Consume más el mugroso alimento del desprecio por el que tiene ganado por derecha lo que él quiere por izquierda. En las cárceles bebe el néctar de la venganza contra la sociedad que dice según él excluirlo, cuando él mismo se aparta, preso de su odio, su violencia y su vagancia.


Con una sociedad descreída de sus instituciones. Con Concepción y sus tribunales donde todos conocen a todos, es una vergüenza que se llegue al fondo de pozo a nivel inseguridad. Es lastimoso ver, palpar y sufrir a un justicia que en su cúpula mayor no brinda resultados ejemplares y estadísticamente no rinde, seguir repitiendo errores groseros y prácticamente “invitando” al delincuente a seguir haciendo de las suyas. Es injusto y a la vez un papelón.


Por Patricio Guzmán.

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