Un Romance de Selección

Pasaron 28 años y seis días para que el seleccionado mayor del fútbol nuestro, grite desgargantado la palabra “Campeón”. Pasaron 336 meses para que un país sumergido en la encantadora mardonadependencia se desahogue entre tantas pálidas por un balón que marcó la simple diferencia de una victoria por la mínima. Transcurrieron 1461 semanas de aquel grito de 1993 ante México con dos goles de un tal Gabriel Omar Batistuta, para que se rompan por una noche los contactos los distanciamientos y el desaforado contacto estrecho mande al coronavirus al olvido por unos instantes. Atrás quedaron 10.233 días, siete finales perdidas e innumerables pedidos de la cabeza de Ángel Di María, de tratar de pecho frío a Messi y de destratar a Scaloni.

Con Maradona en la tumba de los inolvidables, con miles de seres humanos que no fueron ni serán nombrados “Dioses” como el Diez, enterrados sin poder ser despedidos con honores por los malditos protocolos, un oasis futbolero entre tanto desierto de mortandad, humedece las bocas con llantos que se mezclan con sudor de una argentinidad que busca distraer sus miserias de hambre, encierro, restricciones, inseguridad y desocupación. Una argentinidad al palo se asoma luego de un 9 de Julio sangriento en Tucumán, dónde la grieta divisoria de expresó con insultos, escudos, golpes de puño y patadas voladoras.

Somos eso y mucho más. Somos un legado de inmigrantes que cantan nuestro himno emocionados. Que juran con morir con dignidad mientras vivan, aunque mueran en vida con tal de sobrevivir. Vivir en tiempos de pandemia y sobrevivir para contarlo. Llorar a los que se fueron y truncaron sus sueños por un virus que nos igualó y que nos ganó en momentos por goleada. Que nos desnudó de nuestras miserias, no hizo usar al mismo tiempo la palabra empatía y nos desbordó de emociones en una avalancha de besos y abrazos que no dimos y aún no pudimos dar.

Un tiempo y espacio nos federaliza de emociones. No subleva y a la vez no se obliga a seguir sin poder totalmente mirarnos los rostros enteros por los barbijos del protocolo. Se abraza la enfermera y el camionero, el carnicero y el que lleva un carretilla o hace la mezcla para una losa. Una docente polifuncional se esfuerza más que cualquier deportista y un médico hermanado a un camillero arman la estrategia para poder sacar un entubado y por fin poder mandarlo a respirar por sus propios medios.

Argentina en su mundo llora abrazada a una copa que es más que un triunfo. Llora ausencias y riega en las mortajas lágrimas por los que se perdieron esta alegría en el mítico Maracaná. Se desvelan los kiosqueros y se amanece el vendedor ambulante. El café necesario se une al mate ayer compartido para terminar más tarde abrazado al mosto en un vino de cuyano, riojano o cafayateño. Una guardia de estrellas acompañan a nuestros viejos del ayer, a los que de costado, como no queriendo emocionarme, miraron de reojo el reloj de la final para saltar de sus sillas, largar el bastón o hacer volar la dentadura de un grito. Los mismos que se embanderaron con Mario Alberto Kempes en plena dictadura y le pidieron perdón a Bilardo en el 86.

Un virus llamado fútbol por un instante no sacó de la realidad. Nos desplazó del eje. Nos vacunó sin previo aviso en sus emociones más profundas haciéndonos recuperar el romance con La Selección…..y con nosotros mismos.

Por Patricio Guzmán

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